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Peregrinar - Un relato en el Camino de Santiago

Categoría NOTICIAS | 31 Oct

Cocó Galli, arquitecta, escritora y alumna de la Escuela Argentina de Marcha Nórdica, nos deja en este relato, algunas de sus vivencias en el camino de Santiago de Compostela.

PEREGRINAR (relato completo)

Desde que empecé el viaje me preguntaron varias veces: ¿por qué peregrinas? ¿Motivos religiosos? ¿Turismo? ¿Deporte?
La verdad que en ningún momento me hice esa pregunta. Y no hubiera podido saber la respuesta de antemano tampoco. Poniendo el cuerpo a andar empiezo a descubrirlo.
No me olvido en ningún momento que mi peregrinaje es a voluntad y con privilegios.
Cada vez que llego exhausta, acalorada, sedienta, vulnerable y encuentro una puerta abierta y una sonrisa, un baño limpio, un bocadillo, una bebida, pienso en la cantidad de personas que se ven obligadas a migrar y al llegar se les cierran las puertas, se les pinchan los botes, se les separa de los hijos, se les expulsa con odio o miedo. Se les abandona o se les deja morir. Quizá este sea mi modo de acompañarlos.

Los diez primeros días estuve rodeada de lenguas extranjeras, llegó un momento en que perdí el castellano “me deslengüé” le escribí a una amiga riéndome. Y sí, me vacié de palabras. Un amigo me dijo al saber de mi camino: ¡escribite todo! Y no solo no tenía una palabra escrita sino que no tenía una palabra hablada, (ni nada que decir) y al no tener lengua no tenía patria, y al no tener patria estaba perdida. El mundo se hacía más grande. Y yo cada vez más chiquita. Un alivio. Me gusta perderme. Desdibujarme. Vaciarme.
Fui recuperando el castellano de a poco. Y las ganas de contar algo también.

Hoy es 12 de octubre, llevo 22 días caminando y unos 450 km andados. Es día festivo en España y en Argentina también. Unos festejan haber llenado las arcas violando, matando, mintiendo, y otros festejan haber sido violados, asesinados, engañados.
Me pregunto si a los países les pasará como a las personas: si les llega el efecto boomerang que hace que lo que das te venga de vuelta.
Por acá todo producto “competitivo” es made in países asiáticos y de hecho me impresiona la cantidad de asiáticos en el camino.
Ayer decía el diario zonal del Bierzo que tenés más posibilidad de conseguir lugar comprando un ticket Lugo-Sarria desde Corea, que desde la misma España. ¿Podrá ser? ¿Europa será amarilla y negra?
Está lleno de coreanos el camino, parece que hicieron un reality por allá y la juventud se entusiasmó y parece también que si acreditan la Compostela les sirve para conseguir trabajo. Días atrás en la meseta cruzamos junto con Bente a una chica coreana de unos 20 años con las rodillas muy lastimadas cargando más de 10kg en la espalda y no hubo modo de poder ayudarla, (solo pudimos dejarle el teléfono de un taxi), se la veía dispuesta a morir antes de dejarse ayudar. ¡Qué horror que le hagamos eso a los chicos! La cultura de la competitividad, el triunfo, la meta.
Mientras escribo esto en el bar, un sr. español poniéndose la capa de lluvia con bronca y dificultad dice: “que quede bien claro que no necesito ayuda de nadie”. Me espanto ante la idea de que esto sea un valor (¿y la humildad?, porque otra cosa es no querer ser una carga) y de que éste sea un valor convertido en valor político al estilo “a mí nadie me regalo nada“, y me muero de ganas de cacharlo de la solapa de la funda plástica para la lluvia y decirle mostrándole los dientes: pues mire Ud. que sí le han dado un estado benefactor en España por años. ¡Sea agradecido carajo! Pero el enojo se me transforma en sonrisa cuando lo veo tironear solo de la capa y romperla al son de una puteada.

Bente es una mujer Dinamarquesa de mi edad con la que caminamos y disfrutamos juntas la meseta. Increíblemente logramos una muy buena comunicación con mi fallido inglés su inglés dinamarqués y el castellano. Cada vez más convencida que la comunicación es mucho más que las palabras, me entero así con Bente, que en Dinamarca las personas de más de 70 años juegan al camino de los 100km en 24 horas, y un juego aún mayor el caminar de 500 km en una semana. Deben estar muy bien alimentados. Me cuenta que hay mucha granja, mucha vida al aire libre, que no hay soja, sino frutas y hortalizas.

Caterina, una mujer también de mi edad y muy sexy, es de Finlandia, y se ríe recordando que de jovencita se enamoró y se casó con un hombre portugués que pretendía que estuviera en la casa esperándolo con la comida “culturas diferentes” me dice, “yo vengo de las vikingas”. También me cuenta que en Finlandia el feminismo no es un movimiento sino una práctica, hay desde siempre o desde hace mucho, más del 50 por ciento de mujeres en puestos de decisión. Ser mujer en Finlandia es algo bueno. Parece que su cultura nunca privilegió al varoncito.
No puedo siquiera repetir el nombre de una mujer de Hungría muy simpática y muy alta, la hija menor de 10 hermanos, producto de un matrimonio entre un padre ultra católico y una madre testigo de Jehovah. Ella me cuenta que nunca se casó ni tuvo hijos y que en su familia la tildan de tener pocos propósitos. Es educadora social y viaja y viaja y cada tanto se enamora y se detiene. Es toda gracia, no le entiendo mucho las palabras que dice, pero comprendo bien de qué habla. Steven es inglés y viaja con su perra, lleva una carpa porque en algunos hostels no permiten perros. Caminar con ellos me recordó la alegría de caminar con Rulo. Como buen inglés en cada bar una cerveza. Hoy está cocinando pasta con verduras y un chico coreano recién salido de los dos años que dura el servicio militar. Huele bien y nos convida, a lo que Ángelo le suma un vinito blanco, ¿me acompaña señora mía? Lo acompaño junto con unas aceitunas y jamones que trajimos del súper.
La juventud coreana es mucha por acá, y también muchas familias completas que viajan como un clan copando las cocinas de los albergues con sabores y olores diferentes. Si alguien de Corea entró a la cocina imposible encontrar lugar para hacerte un huevo frito. Algo similar a lo qué pasa con algunas familias italianas, con la diferencia que los tanos llaman a todos a la mesa y cocinan con los que son mis sabores.
No hay ni drogas ni alcohol en el camino. A las 8 hay que dejar los albergues y a las diez de la noche se cierran las puertas. De noche se duerme, y con cansancio, hay sueño real.
Parte del camino que no muestran las películas es el tiempo destinado a lavado estrujado secado y tendido de la ropa. Yo viajo con dos mudas, así que a diario lavo estrujo y tiendo una. Las tres primeras semanas todo tendido al sol, los albergues tienen tenders y sogas donde colgar. Es muy lindo el paisaje con ropa oreándose, no sé por qué solemos esconderla tanto en las casas urbanas. Ya entrando en Galicia la ropa se lavaba puesta, una semana de lluvia sin parar. Lo bueno de la lluvia cuando no para es que una vez que estás empapada y chapoteando (es raro tener frío en movimiento) ya no tenés de que preocuparte. Nos sorprendió así en este tramo con mi sobrino Manu la risa y el canto, ¡hasta el himno argentino cantamos bajo la lluvia!
Es solo agua diría José del albergue en Compostela. Y si, la lluvia es parte nuestra, moja pero evidentemente no estresa. José también nos cuenta que lo que más le gusta de tener y administrar un hostel de peregrinos es respirar la paz que traemos. Y es verdad, la peregrinación es un camino de paz.
Un encuentro con la paz. Un encuentro con la alegría de ser. Un encuentro con uno mismo y con todos. Un encuentro con la vida. Un salir de casa.
Cocó Galli

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